Contenido
esencial y elementos secundarios
25. En el mensaje que anuncia la Iglesia hay ciertamente muchos
elementos secundarios, cuya presentación depende en gran parte de los
cambios de circunstancias. Tales elementos cambian también. Pero hay un
contenido esencial, una substancia viva, que no se puede modificar ni
pasar por alto sin desnaturalizar gravemente la evangelización misma.
Un
testimonio al amor del Padre
26. No es superfluo recordarlo: evangelizar es, ante todo, dar
testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por
Jesucristo mediante el Espíritu Santo. Testimoniar que ha amado al mundo
en su Verbo Encarnado, ha dado a todas las cosas el ser y ha llamado a los
hombres a la vida eterna. Para muchos, es posible que este testimonio de
Dios desconocido (55), a quien adoran sin darle un nombre concreto, o al
que buscar por sentir una llamada secreta en el corazón, al experimentar
la vacuidad de todos los ídolos. Pero este testimonio resulta plenamente
evangelizador cuando pone de manifiesto que para el hombre el Creador no
es un poder anónimo y lejano: es Padre. "Nosotros somos llamados hijos de
Dios, y en verdad lo somos" (56) y, por tanto, somos hermanos los unos de
los otros, en Dios.
Centro del
mensaje: la salvación en Jesucristo
27. La evangelización también debe contener siempre —como base,
centro y a la vez culmen de su dinamismo— una clara proclamación de que en
Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la
salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia
de Dios (57). No una salvación puramente inmanente, a medida de las
necesidades materiales o incluso espirituales que se agotan en el cuadro
de la existencia temporal y se identifican totalmente con los deseos, las
esperanzas, los asuntos y las luchas temporales, sino una salvación que
desborda todos estos límites para realizarse en una comunión con el único
Absoluto Dios, salvación trascendente, escatológica, que comienza
ciertamente en esta vida, pero que tiene su cumplimiento en la eternidad.
Bajo el signo de la esperanza
28. Por consiguiente, la evangelización no puede por menos de incluir
el anuncio profético de un más allá, vocación profunda y definitiva del
hombre, en continuidad y discontinuidad a la vez con la situación presente:
más allá del tiempo y de la historia, más allá de la realidad de ese mundo,
cuya dimensión oculta se manifestará un día; más allá del hombre mismo,
cuyo verdadero destino no se agota en su dimensión temporal sino que nos
será revelado en la vida futura (58). La evangelización comprende además
la predicación de la esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la
nueva alianza en Jesucristo; la predicación del amor de Dios para con
nosotros y de nuestro amor hacia Dios, la predicación del amor fraterno
para con todos los hombres —capacidad de donación y de perdón, de renuncia,
de ayuda al hermano— que por descender del amor de Dios, es el núcleo del
Evangelio; la predicación del misterio del mal y de la búsqueda activa del
bien. Predicación, asimismo, y ésta se hace cada vez más urgente, de la
búsqueda del mismo Dios a través de la oración, sobre todo de adoración y
de acción de gracias, y también a través de la comunión con ese signo
visible del encuentro con Dios que es la Iglesia de Jesucristo; comunión
que a su vez se expresa mediante la participación en esos otros signos de
Cristo, viviente y operante en la Iglesia, que son los sacramentos. Vivir
de tal suerte los sacramentos hasta conseguir en su celebración una
verdadera plenitud, no es, como algunos pretenden, poner un obstáculo o
aceptar una desviación de la evangelización: es darle toda su integridad.
Porque la totalidad de la evangelización, aparte de la predicación del
mensaje, consiste en implantar la Iglesia, la cual no existe sin este
respiro de la vida sacramental culminante en la Eucaristía (59).
Un mensaje que afecta a toda la vida
29. La evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la
interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre
el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre.
Precisamente por esto la evangelización lleva consigo un mensaje explícito,
adaptado a las diversas situaciones y constantemente actualizado, sobre
los derechos y deberes de toda persona humana, sobre la vida familiar sin
la cual apenas es posible el progreso personal (60), sobre la vida
comunitaria de la sociedad, sobre la vida internacional, la paz, la
justicia, el desarrollo; un mensaje, especialmente vigoroso en nuestros
días, sobre la liberación.
Un mensaje de liberación
30. Es bien sabido en qué términos hablaron durante el reciente Sínodo
numerosos obispos de todos los continentes y, sobre todo, los obispos del
Tercer Mundo, con un acento pastoral en el que vibraban las voces de
millones de hijos de la Iglesia que forman tales pueblos. Pueblos, ya lo
sabemos, empeñados con todas sus energías en el esfuerzo y en la lucha por
superar todo aquello que los condena a quedar al margen de la vida:
hambres, enfermedades crónicas, analfabetismo, depauperación, injusticia
en las relaciones internacionales y, especialmente, en los intercambios
comerciales, situaciones de neocolonialismo económico y cultural, a veces
tan cruel como el político, etc. La Iglesia, repiten los obispos, tiene el
deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, entre los
cuales hay muchos hijos suyos; el deber de ayudar a que nazca esta
liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total. Todo
esto no es extraño a la evangelización.
En conexión necesaria con la promoción humana
31. Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación)
existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico,
porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un
ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico,
ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la
redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la
que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de
orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo
proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz,
el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? Nos mismos lo indicamos,
al recordar que no es posible aceptar "que la obra de evangelización pueda
o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy día,
que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y a la paz en el
mundo. Si esto ocurriera, sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca
del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad" (61).
Pues bien, las mismas voces que con celo, inteligencia y valentía
abordaron durante el Sínodo este tema acuciante, adelantaron, con gran
complacencia por nuestra parte, los principios iluminadores para
comprender mejor la importancia y el sentido profundo de la liberación tal
y como la ha anunciado y realizado Jesús de Nazaret y la predica la
Iglesia.
Sin reducciones ni ambigüedades
32. No hay por qué ocultar, en efecto, que muchos cristianos generosos,
sensibles a las cuestiones dramáticas que lleva consigo el problema de la
liberación, al querer comprometer a la Iglesia en el esfuerzo de
liberación han sentido con frecuencia la tentación de reducir su misión a
las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de reducir sus
objetivos, a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de la cual
ella es mensajera y sacramento, a un bienestar material; su actividad —olvidando
toda preocupación espiritual y religiosa— a iniciativas de orden político
o social. Si esto fuera así, la Iglesia perdería su significación más
profunda. Su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se
prestaría a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los
partidos políticos. No tendría autoridad para anunciar, de parte de Dios,
la liberación. Por eso quisimos subrayar en la misma alocución de la
apertura del Sínodo "la necesidad de reafirmar claramente la finalidad
específicamente religiosa de la evangelización. Esta última perdería su
razón de ser si se desviara del eje religioso que la dirige: ante todo el
reino de Dios, en su sentido plenamente teológico" (62).
La liberación evangélica...
33. Acerca de la liberación que la evangelización anuncia y se esfuerza
por poner en práctica, más bien hay que decir:
—no puede reducirse a la simple y estrecha dimensión económica,
política, social o cultural, sino que debe abarcar al hombre entero, en
todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que es Dios;
—va por tanto unida a una cierta concepción del hombre, a un
antropología que no puede nunca sacrificarse a las exigencias de una
estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito a corto plazo.
... centrada en el reino de Dios...
34. Por eso, al predicar la liberación y al asociarse a aquellos que
actúan y sufren por ella, la Iglesia no admite el circunscribir su misión
al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales
del hombre; sino que reafirma la primacía de su vocación espiritual,
rechaza la substitución del anuncio del reino por la proclamación de las
liberaciones humanas, y proclama también que su contribución a la
liberación no sería completa si descuidara anunciar la salvación en
Jesucristo.
... en una visión evangélica del hombre...
35. La Iglesia asocia, pero no identifica nunca, liberación humana y
salvación en Jesucristo, porque sabe por revelación, por experiencia
histórica y por reflexión de fe, que no toda noción de liberación es
necesariamente coherente y compatible con una visión evangélica del
hombre, de las cosas y de los acontecimientos; que no es suficiente
instaurar la liberación, crear el bienestar y el desarrollo para que
llegue el reino de Dios.
Es más, la Iglesia está plenamente convencida de que toda liberación
temporal, toda liberación política —por más que ésta se esfuerce en
encontrar su justificación en tal o cual página del Antiguo o del Nuevo
Testamento; por más que acuda, para sus postulados ideológicos y sus
normas de acción, a la autoridad de los datos y conclusiones teológicas;
por más que pretenda ser la teología de hoy— lleva dentro de sí misma el
germen de su propia negación y decae del ideal que ella misma se propone,
desde el momento en que sus motivaciones profundas no son las de la
justicia en la caridad, la fuerza interior que la mueve no entraña una
dimensión verdaderamente espiritual y su objetivo final no es la salvación
y la felicidad en Dios.
... que exige una necesaria conversión
36. La Iglesia considera ciertamente importante y urgente la
edificación de estructuras más humanas, más justas, más respetuosas de los
derechos de la persona, menos opresivas y menos avasalladoras; pero es
consciente de que aun las mejores estructuras, los sistemas más
idealizados se convierten pronto en inhumanos si las inclinaciones
inhumanas del hombre no son saneadas si no hay una conversión de corazón y
de mente por parte de quienes viven en esas estructuras o las rigen.
Exclusión de la violencia
37. La Iglesia no puede aceptar la violencia, sobre todo la fuerza de
las armas —incontrolable cuando se desata— ni la muerte de quienquiera que
sea, como camino de liberación, porque sabe que la violencia engendra
inexorablemente nuevas formas de opresión y de esclavitud, a veces más
graves que aquellas de las que se pretende liberar. "Os exhortamos —decíamos
ya durante nuestro viaje a Colombia— a no poner vuestra confianza en la
violencia ni en la revolución; esta actitud es contraria al espíritu
cristiano e incluso puede retardar, en vez de favorecer, la elevación
social a la que legítimamente aspiráis" (63). "Debemos decir y reafirmar
que la violencia no es ni cristiana ni evangélica, y que los cambios
bruscos o violentos de las estructuras serán engañosos, ineficaces en sí
mismos y ciertamente no conformes con la dignidad del pueblo" (64).
Contribución específica de la Iglesia
38. Dicho esto, nos alegramos de que la Iglesia tome una conciencia
cada vez más viva de la propia forma, esencialmente evangélica, de
colaborar a la liberación de los hombres. Y ¿qué hace? Trata de suscitar
cada vez más numerosos cristianos que se dediquen a la liberación de los
demás. A estos cristianos "liberadores" les da una inspiración de fe, una
motivación de amor fraterno, una doctrina social a la que el verdadero
cristiano no sólo debe prestar atención, sino que debe ponerla como base
de su prudencia y de su experiencia para traducirla concretamente en
categorías de acción, de participación y de compromiso. Todo ello, sin que
se confunda con actitudes tácticas ni con el servicio a un sistema
político, debe caracterizar la acción del cristiano comprometido. La
Iglesia se esfuerza por inserir siempre la lucha cristiana por la
liberación en el designio global de salvación que ella misma anuncia.
Todo lo que acabamos de recordar aquí se trató más de una vez en los
debates del Sínodo. También Nos quisimos consagrar a este tema algunas
palabras de esclarecimiento en la alocución que dirigimos a los padres al
final de la Asamblea (65).
Esperamos que todas estas consideraciones puedan ayudar a evitar la
ambigüedad que reviste frecuentemente la palabra "liberación" en las
ideologías, los sistemas o los grupos políticos. La liberación que
proclama y prepara la evangelización es la que Cristo mismo ha anunciado y
dado al hombre con su sacrificio.
Libertad religiosa
39. De esta justa liberación, vinculada a la evangelización, que trata
de lograr estructuras que salvaguarden la libertad humana, no se puede
separar la necesidad de asegurar todos los derechos fundamentales del
hombre, entre los cuales la libertad religiosa ocupa un puesto de primera
importancia. Recientemente hemos hablado acerca de la actualidad de un
importante aspecto de esta cuestión, poniendo de relieve como "muchos
cristianos, todavía hoy, precisamente porque son cristianos o católicos,
viven sofocados por una sistemática opresión. El drama de la fidelidad a
Cristo y de la libertad de religión, si bien paliado por declaraciones
categóricas en favor de los derechos de la persona y de la sociabilidad
humana, continúa" (66).
IV. MEDIOS DE EVANGELIZACIÓN
A la búsqueda de los medios adecuados
40. La evidente importancia del contenido no debe hacer olvidar la
importancia de los métodos y medios de la evangelización.
Este problema de cómo evangelizar es siempre actual, porque las maneras
de evangelizar cambian según las diversas circunstancias de tiempo, lugar,
cultura; por eso plantean casi un desafío a nuestra capacidad de descubrir
y adaptar.
A nosotros, Pastores de la Iglesia, incumbe especialmente el deber de
descubrir con audacia y prudencia, conservando la fidelidad al contenido,
las formas más adecuadas y eficaces de comunicar el mensaje evangélico a
los hombres de nuestro tiempo.
Bástenos aquí recordar algunos sistemas de evangelización, que por un
motivo u otro, tienen una importancia fundamental.
El testimonio de vida
41. Ante todo, y sin necesidad de repetir lo que ya hemos recordado
antes, hay que subrayar esto: para la Iglesia el primer medio de
evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana,
entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez
consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. "El hombre
contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que
enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—, o si escuchan a
los que enseñan, es porque dan testimonio" (67). San Pedro lo expresaba
bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se
muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta (68). Será sobre
todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará
al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a
Jesucristo, de pobreza y despego de los bienes materiales, de libertad
frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad.
Una predicación viva
42. No es superfluo subrayar a continuación la importancia y necesidad
de la predicación: "Pero ¿cómo invocarán a Aquel en quien no han creído?
Y, ¿cómo creerán sin haber oído de El? Y ¿cómo oirán si nadie les predica?...
Luego, la fe viene de la audición, y la audición, por la palabra de Cristo"
(69). Esta ley enunciada un día por San Pablo conserva hoy todo su vigor.
Sí, es siempre indispensable la predicación, la proclamación verbal de
un mensaje. Sabemos bien que el hombre moderno, hastiado de discursos, se
muestra con frecuencia cansado de escuchar y, lo que es peor, inmunizado
contra las palabras. Conocemos también las ideas de numerosos psicólogos y
sociólogos, que afirman que el hombre moderno ha rebasado la civilización
de la palabra, ineficaz e inútil en estos tiempos, para vivir hoy en la
civilización de la imagen. Estos hechos deberían ciertamente impulsarnos a
utilizar, en la transmisión del mensaje evangélico, los medios modernos
puestos a disposición por esta civilización. Es verdad que se han
realizado esfuerzos muy válidos en este campo. Nos no podemos menos de
alabarlos y alentarlos, a fin de que se desarrollen todavía más. El tedio
que provocan hoy tantos discursos vacíos, y la actualidad de muchas otras
formas de comunicación, no deben sin embargo disminuir el valor permanente
de la palabra, ni hacer prender la confianza en ella. La palabra permanece
siempre actual, sobre todo cuando va acompañada del poder de Dios (70).
Por esto conserva también su actualidad el axioma de San Pablo: "la fe
viene de la audición" (71), es decir, es la Palabra oída la que invita a
creer.
Liturgia de la Palabra
43. Esta predicación evangelizadora toma formas muy diversas, que el
celo sugeriría cómo renovar constantemente. En efecto, son innumerables
los acontecimientos de la vida y las situaciones humanas que ofrecen la
ocasión de anunciar, de modo discreto pero eficaz, lo que el Señor desea
decir en una determinada circunstancia. Basta una verdadera sensibilidad
espiritual para leer en los acontecimientos el mensaje de Dios. Además en
un momento en que la liturgia renovada por el Concilio ha valorizado mucho
la "liturgia de la Palabra", sería un error no ver en la homilía un
instrumento válido y muy apto para la evangelización. Cierto que hay que
conocer y poner en práctica las exigencias y posibilidades de la homilía
para que ésta adquiera toda su eficacia pastoral. Pero sobre todo hay que
estar convencido de ello y entregarse a la tarea con amor. Esta
predicación, inserida de manera singular en la celebración eucarística, de
la que recibe una fuerza y vigor particular, tiene ciertamente un puesto
especial en la evangelización, en la medida en que expresa la fe profunda
del ministro sagrado que predica y está impregnada de amor. Los fieles,
congregados para formar una Iglesia pascual que celebra la fiesta del
Señor presente en medio de ellos, esperan mucho de esta predicación y
sacan fruto de ella con tal que sea sencilla, clara, directa, acomodada,
profundamente enraizada en la enseñanza evangélica y fiel al Magisterio de
la Iglesia, animada por un ardor apostólico equilibrado que le viene de su
carácter propio, llena de esperanza, fortificadora de la fe y fuente de
paz y de unidad. Muchas comunidades, parroquiales o de otro tipo, viven y
se consolidan gracias a la homilía de cada domingo, cuando ésta reúne
dichas cualidades.
Añadamos que, gracias a la renovación de la liturgia, la celebración
eucarística no es el único momento apropiado para la homilía. Esta tiene
también un lugar propio, y no debe ser olvidada, en la celebración de
todos los sacramentos, en las paraliturgias, con ocasión de otras
reuniones de fieles. La homilía será siempre una ocasión privilegiada para
comunicar la Palabra del Señor.
La catequesis
44. A propósito de la evangelización, un medio que no se puede
descuidar es la enseñanza catequética. La inteligencia, sobre todo
tratándose de niños y adolescentes, necesita aprender mediante una
enseñanza religiosa sistemática los datos fundamentales, el contenido vivo
de la verdad que Dios ha querido transmitirnos y que la Iglesia ha
procurado expresar de manera cada vez más perfecta a lo largo de la
historia. A nadie se le ocurrirá poner en duda que esta enseñanza se ha de
impartir con el objeto de educar las costumbres, no de estacionarse en un
plano meramente intelectual. Con toda seguridad, el esfuerzo de
evangelización será grandemente provechoso, a nivel de la enseñanza
catequética dada en la iglesia, en las escuelas donde sea posible o en
todo caso en los hogares cristianos, si los catequistas disponen de textos
apropiados, puestos al día sabia y competentemente, bajo la autoridad de
los obispos. Los métodos deberán ser adaptados a la edad, a la cultura, a
la capacidad de las personas, tratando de fijar siempre en la memoria, la
inteligencia y el corazón las verdades esenciales que deberán impregnar la
vida entera. Ante todo, es menester preparar buenos catequistas —catequistas
parroquiales, instructores, padres— deseosos de perfeccionarse en este
arte superior, indispensable y exigente que es la enseñanza religiosa. Por
lo demás, sin necesidad de descuidar de ninguna manera la formación de los
niños, se viene observando que las condiciones actuales hacen cada día más
urgente la enseñanza catequética bajo la modalidad de un catecumenado para
un gran número de jóvenes y adultos que, tocados por la gracia, descubren
poco a poco la figura de Cristo y sienten la necesidad de entregarse a El.
Utilización de los medios de comunicación social
45. En nuestro siglo influenciado por los medios de comunicación
social, el primer anuncio, la catequesis o el ulterior ahondamiento de la
fe, no pueden prescindir de esos medios, como hemos dicho antes.
Puestos al servicio del Evangelio, ellos ofrecen la posibilidad de
extender casi sin límites el campo de audición de la Palabra de Dios,
haciendo llegar la Buena Nueva a millones de personas. La Iglesia se
sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la
inteligencia humana perfecciona cada vez más. Con ellos la Iglesia "pregona
sobre los terrados" (72) el mensaje del que es depositaria. En ellos
encuentra una versión moderna y eficaz del "púlpito". Gracias a ellos
puede hablar a las masas.
Sin embargo, el empleo de los medios de comunicación social en la
evangelización supone casi un desafío: el mensaje evangélico deberá, sí,
llegar, a través de ellos, a las muchedumbres, pero con capacidad para
penetrar en las conciencias, para posarse en el corazón de cada hombre en
particular, con todo lo que éste tiene de singular y personal, y con
capacidad para suscitar en favor suyo una adhesión y un compromiso
verdaderamente personal.
Contacto personal indispensable
46. Por estos motivos, además de la proclamación que podríamos llamar
colectiva del Evangelio, conserva toda su validez e importancia esa otra
transmisión de persona a persona. El Señor la ha practicado frecuentemente
—como lo prueban, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemos, Zaqueo,
la Samaritana, Simón el fariseo— y lo mismo han hecho los Apóstoles. En el
fondo, ¿hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de
transmitir a otro la propia experiencia de fe? La urgencia de comunicar la
Buena Nueva a las masas de hombres no debería hacer olvidar esa forma de
anunciar mediante la cual se llega a la conciencia personal del hombre y
se deja en ella el influjo de una palabra verdaderamente extraordinaria
que recibe de otro hombre. Nunca alabaremos suficientemente a los
sacerdotes que, a través del sacramento de la penitencia o a través del
diálogo pastoral, se muestran dispuestos a guiar a las personas por el
camino del Evangelio, a alentarlas en sus esfuerzos, a levantarlas si han
caído, a asistirlas siempre con discreción y disponibilidad.
La función de los sacramentos
47. Sin embargo, nunca se insistirá bastante en el hecho de que la
evangelización no se agota con la predicación y la enseñanza de una
doctrina. Porque aquella debe conducir a la vida: a la vida natural a la
que da un sentido nuevo gracias a las perspectivas evangélicas que le abre;
a la vida sobrenatural, que no es una negación, sino purificación y
elevación de la vida natural. Esta vida sobrenatural encuentra su
expresión viva en los siete sacramentos y en la admirable fecundidad de
gracia y santidad que contienen.
La evangelización despliega de este modo toda su riqueza cuando realiza
la unión más íntima, o mejor, una intercomunicación jamás interrumpida,
entre la Palabra y los sacramentos. En un cierto sentido es un equívoco
oponer, como se hace a veces, la evangelización a la sacramentalización.
Porque es seguro que si los sacramentos se administran sin darles un
sólido apoyo de catequesis sacramental y de catequesis global, se acabaría
por quitarles gran parte de su eficacia. La finalidad de la evangelización
es precisamente la de educar en la fe, de tal manera, que conduzca a cada
cristiano a vivir —y no a recibir de modo pasivo o apático— los
sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe.
Piedad popular
48. Con ello estamos tocando un aspecto de la evangelización que no
puede dejarnos insensibles. Queremos referirnos ahora a esa realidad que
suele ser designada en nuestros días con el término de religiosidad
popular.
Tanto en las regiones donde la Iglesia está establecida desde hace
siglos, como en aquellas donde se está implantando, se descubren en el
pueblo expresiones particulares de búsqueda de Dios y de la fe.
Consideradas durante largo tiempo como menos puras, y a veces despreciadas,
estas expresiones constituyen hoy el objeto de un nuevo descubrimiento
casi generalizado. Durante el Sínodo, los obispos estudiaron a fondo el
significado de las mismas, con un realismo pastoral y un celo admirable.
La religiosidad popular, hay que confesarlo, tiene ciertamente sus
límites. Está expuesta frecuentemente a muchas deformaciones de la
religión, es decir, a las supersticiones. Se queda frecuentemente a un
nivel de manifestaciones culturales, sin llegar a una verdadera adhesión
de fe. Puede incluso conducir a la formación de sectas y poner en peligro
la verdadera comunidad eclesial.
Pero cuando está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de
evangelización, contiene muchos valores. Refleja una sed de Dios que
solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad
y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe.
Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la
paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra
actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en
quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la
vida cotidiana, despego, aceptación de los demás, devoción. Teniendo en
cuenta esos aspectos, la llamamos gustosamente "piedad popular", es decir,
religión del pueblo, más bien que religiosidad.
La caridad pastoral debe dictar, a cuantos el Señor ha colocado como
jefes de las comunidades eclesiales, las normas de conducta con respecto a
esta realidad, a la vez tan rica y tan amenazada. Ante todo, hay que ser
sensible a ella, saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores
innegables, estar dispuesto a ayudarla a superar sus riesgos de desviación.
Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser cada vez más, para
nuestras masas populares, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo.
V. LOS DESTINATARIOS DE LA EVANGELIZACIÓN
Destino universal
49. Las últimas palabras de Jesús en el Evangelio de Marcos confieren a
la evangelización, que el Señor confía a los Apóstoles, una universalidad
sin fronteras: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda
criatura" (73).
Los Doce y la primera generación de cristianos han comprendido bien la
lección de este texto y de otros parecidos; han hecho de ellos su programa
de acción. La misma persecución, al dispersar a los Apóstoles, contribuyó
a diseminar la Palabra y a implantar la Iglesia hasta en las regiones más
remotas. La admisión de Pablo entre los Apóstoles y su carisma de
predicador de la venida de Jesucristo a los paganos —no judíos— subrayó
todavía más esta universalidad.
A pesar de los obstáculos
50. A lo largo de veinte siglos de historia, las generaciones
cristianas han afrontado periódicamente diversos obstáculos a esta misión
de universalidad. Por una parte, la tentación de los mismos
evangelizadores de estrechar bajo distintos pretextos su campo de acción
misionera. Por otra, las resistencias, muchas veces humanamente
insuperables de aquellos a quienes el evangelizador se dirige. Además,
debemos constatar con tristeza que la obra evangelizadora de la Iglesia es
gravemente dificultada, si no impedida, por los poderes públicos. Sucede,
incluso en nuestros días, que a los anunciadores de la palabra de Dios se
les priva de sus derechos, son perseguido, amenazados, eliminados sólo por
el hecho de predicar a Jesucristo y su Evangelio. Pero abrigamos la
confianza de que finalmente, a pesar de estas pruebas dolorosas, la obra
de estos apóstoles no faltará en ninguna región del mundo.
No obstante estas adversidades, la Iglesia reaviva siempre su
inspiración más profunda, la que le viene directamente del Maestro: ¡A
todo el mundo! ¡A toda criatura! ¡Hasta los confines de la tierra! Lo ha
hecho nuevamente en el Sínodo, como una llamada a no encadenar el anuncio
evangélico limitándolo a un sector de la humanidad o a una clase de
hombres o a un solo tipo de cultura. Algunos ejemplos podrían ser
reveladores.
Primer anuncio a los que están lejos
51. Revelar a Jesucristo y su Evangelio a los que no los conocen: he
ahí el programa fundamental que la Iglesia, desde la mañana de Pentecostés,
ha asumido, como recibido de su Fundador. Todo el Nuevo Testamento, y de
manera especial los Hechos de los Apóstoles, testimonian el momento
privilegiado, y en cierta manera ejemplar, de este esfuerzo misionero que
jalonará después toda la historia de la Iglesia.
La Iglesia lleva a efecto este primer anuncio de Jesucristo mediante
una actividad compleja y diversificada, que a veces se designa con el
nombre de "pre-evangelización", pero que muy bien podría llamarse
evangelización, aunque en un estadio de inicio y ciertamente incompleto.
Cuenta con una gama casi infinita de medios: la predicación explícita, por
supuesto, pero también el arte, los intentos científicos, la investigación
filosófica, el recurso legítimo a los sentimientos del corazón del hombre
podrían colocarse en el ámbito de esta finalidad.
Anuncio al mundo descristianizado
52. Aunque este primer anuncio va dirigido de modo específico a quienes
nunca han escuchado la Buena Nueva de Jesús o a los niños, se está
volviendo cada vez más necesario, a causa de las situaciones de
descristianización frecuentes en nuestros días, para gran número de
personas que recibieron el bautismo, pero viven al margen de toda vida
cristiana; para las gentes sencillas que tienen una cierta fe, pero
conocen poco los fundamentos de la misma; para los intelectuales que
sienten necesidad de conocer a Jesucristo bajo una luz distinta de la
enseñanza que recibieron en su infancia, y para otros muchos.
Religiones no cristianas
53. Asimismo se dirige a inmensos sectores de la humanidad que
practican religiones no cristianas. La Iglesia respeta y estima estas
religiones no cristianas, por ser la expresión viviente del alma de vastos
grupos humanos. Llevan en sí mismas el eco de milenios a la búsqueda de
Dios; búsqueda incompleta pero hecha frecuentemente con sinceridad y
rectitud de corazón. Poseen un impresionante patrimonio de textos
profundamente religiosos. Han enseñado a generaciones de personas a orar.
Todas están llenas de innumerables "semillas del Verbo" (74) y constituyen
una auténtica "preparación evangélica" (75), por citar una feliz expresión
del Concilio Vaticano II tomada de Eusebio de Cesarea.
Ciertamente, tal situación suscita cuestiones complejas y delicadas,
que conviene estudiar a la luz de la Tradición cristiana y del Magisterio
de la Iglesia, con el fin de ofrecer a los misioneros de hoy y de mañana
nuevos horizontes en sus contactos con las religiones no cristianas. Ante
todo, queremos poner ahora de relieve que ni el respeto ni la estima hacia
estas religiones, ni la complejidad de las cuestiones planteadas implican
para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no cristianos el
anuncio de Jesucristo. Al contrario, la Iglesia piensa que estas
multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo
(76), dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con
insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del
hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad. De ahí
que, aun frente a las expresiones religiosas naturales más dignas de
estima, la Iglesia se funde en el hecho de que la religión de Jesús, la
misma que Ella anuncia por medio de la evangelización, sitúa objetivamente
al hombre en relación con el plan de Dios, con su presencia viva, con su
acción; hace hallar de nuevo el misterio de la Paternidad divina que sale
al encuentro de la humanidad. En otras palabras, nuestra religión instaura
efectivamente una relación auténtica y viviente con Dios, cosa que las
otras religiones no lograron establecer, por más que tienen, por decirlo
así, extendidos sus brazos hacia el cielo.
Por eso la Iglesia mantiene vivo su empuje misionero e incluso desea
intensificarlo en un momento histórico como el nuestro. La Iglesia se
siente responsable ante todos los pueblos. No descansará hasta que no haya
puesto de su parte todo lo necesario para proclamar la Buena Nueva de
Jesús Salvador. Prepara siempre nuevas generaciones de apóstoles. Lo
constatamos con gozo en unos momentos en que no faltan quienes piensan, e
incluso dicen, que el ardor y el empuje misionero son cosa del pasado. El
Sínodo acaba de responder que el anuncio misionero no se agota y que la
Iglesia se esforzará siempre en conseguir su perfeccionamiento.
Ayuda a la fe de los fieles
54. Sin embargo, la Iglesia no se siente dispensada de prestar una
atención igualmente infatigable hacia aquellos que han recibido la fe y
que, a veces desde hace muchas generaciones permanecen en contacto con el
Evangelio. Trata así de profundizar, consolidar, alimentar, hacer cada vez
más madura la fe de aquellos que se llaman ya fieles o creyentes, a fin de
que lo sean cada vez más.
Esta fe está casi siempre enfrentada al secularismo, es decir, a un
ateísmo militante; es una fe expuesta a pruebas y amenazas, más aún, una
fe asediada y combatida. Corre el riesgo de morir por asfixia o por
inanición, si no se la alimenta y sostiene cada día. Por tanto evangelizar
debe ser, con frecuencia, comunicar a la fe de los fieles —particularmente
mediante una catequesis llena de savia evangélica y con un lenguaje
adaptado a los tiempos y a las personas— este alimento y este apoyo
necesarios.
La Iglesia católica abriga un vivo anhelo de los cristianos que no
están en plena comunión con Ella: mientras prepara con ellos la unidad
querida por Cristo, y precisamente para preparar la unidad en la verdad,
tiene conciencia de que faltaría gravemente a su deber si no diese
testimonio, ante ellos, de la plenitud de la revelación de que es
depositaria.
Secularismo ateo
55. Igualmente significativa es la preocupación, presente en el Sínodo,
hacia dos esferas muy diferentes la una de la otra y sin embargo muy
próximas entre sí por el desafío que, cada una a su modo, lanzan a la
evangelización. La primera es aquella que podemos llamar el aumento de la
incredulidad en el mundo moderno. El Sínodo se propuso describir este
mundo moderno: bajo este nombre genérico, ¡cuántas corrientes de
pensamiento, valores y contravalores, aspiraciones latentes o semillas de
destrucción, convicciones antiguas que desaparecen y convicciones nuevas
que se imponen!
Desde el punto de vista espiritual, este mundo moderno parece debatirse
siempre en lo que un autor contemporáneo ha llamado "el drama del
humanismo ateo" (77).
Por una parte, hay que constatar en el corazón mismo de este mundo
contemporáneo un fenómeno, que constituye como su marca más característica:
el secularismo. No hablamos de la secularización en el sentido de un
esfuerzo, en sí mismo justo y legítimo, no incompatible con la fe y la
religión, por descubrir en la creación, en cada cosa o en cada
acontecimiento del universo, las leyes que los rigen con una cierta
autonomía, con la convicción interior de que el Creador ha puesto en ellos
sus leyes. El reciente Concilio afirmó, en este sentido, la legítima
autonomía de la cultura y, particularmente, de las ciencias (78). Tratamos
aquí del verdadero secularismo: una concepción del mundo según la cual
este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios;
Dios resultaría pues superfluo y hasta un obstáculo. Dicho secularismo,
para reconocer el poder del hombre, acaba por sobrepasar a Dios e incluso
por renegar de El.
Nuevas formas de ateísmo —un ateísmo antropocéntrico, no ya abstracto y
metafísico, sino pragmático y militante— parecen desprenderse de él. En
unión con este secularismo ateo, se nos propone todos los días, bajo las
formas más distintas, una civilización del consumo, el hedonismo erigido
en valor supremo, una voluntad de poder y de dominio, de discriminaciones
de todo género: constituyen otras tantas inclinaciones inhumanas de este "humanismo".
Por otra parte, y paradójicamente, en este mismo mundo moderno, no se
puede negar la existencia de valores inicialmente cristianos o evangélicos,
al menos bajo forma de vida o de nostalgia. No sería exagerado hablar de
un poderoso y trágico llamamiento a ser evangelizado.
Los que no practican
56. Una segunda esfera es la de los no practicantes; toda una
muchedumbre, hoy día muy numerosa, de bautizados que, en gran medida, no
han renegado formalmente de su bautismo, pero están totalmente al margen
del mismo y no lo viven. El fenómeno de los no practicantes es muy viejo
en la historia del cristianismo y supone una debilidad natural, una gran
incongruencia que nos duele en lo más profundo de nuestro corazón. Sin
embargo, hoy día presenta aspectos nuevos. Se explica muchas veces por el
desarraigo típico de nuestra época. Nace también del hecho de que los
cristianos se aproximan hoy a los no creyentes y reciben constantemente el
influjo de la incredulidad. Por otra parte, los no practicantes
contemporáneos, más que los de otras épocas tratan de explicar y
justificar su posición en nombre de una religión interior, de una
autonomía o de una autenticidad personal.
Ateos y no creyentes por una parte, no practicantes por otra, oponen a
la evangelización resistencias no pequeñas. Los primeros, la resistencia
de un cierto rechazo, la incapacidad de comprender el nuevo orden de las
cosas, el nuevo sentido del mundo, de la vida, de la historia, que resulta
una empresa imposible si no se parte del Absoluto que es Dios. Los otros,
la resistencia de la inercia, la actitud un poco hostil de alguien que se
siente como de casa, que dice saberlo todo, haber probado todo y ya no
cree en nada.
Secularismo ateo y ausencia de práctica religiosa se encuentran en los
adultos y en los jóvenes, en la élite y en la masa, en las antiguas y en
las jóvenes Iglesias. La acción evangelizadora de la Iglesia, que no puede
ignorar estos dos mundos ni detenerse ante ellos, debe buscar
constantemente los medios y el lenguaje adecuados para proponerles la
revelación de Dios y la fe en Jesucristo.
Anuncio a las muchedumbres
57. Como Cristo durante el tiempo de su predicación, como los Doce en
la mañana de Pentecostés, la Iglesia tiene también ante sí una inmensa
muchedumbre humana que necesita del Evangelio y tiene derecho al mismo,
pues Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad" (79).
Sensible a su deber de predicar la salvación a todos sabiendo que el
mensaje evangélico no está reservado a un pequeño grupo de iniciados, de
privilegiados o elegidos, sino que está destinado a todos, la Iglesia hace
suya la angustia de Cristo ante las multitudes errantes y abandonadas "como
ovejas sin pastor" y repite con frecuencia su palabra: "Tengo compasión de
la muchedumbre" (80).
Pero también es consciente de que, por medio de una eficaz predicación
evangélica, debe dirigir su mensaje al corazón de las masas, a las
comunidades de fieles, cuya acción puede y debe llegar a los demás.
Comunidades eclesiales de base
58. El Sínodo se ocupó mucho de estas "pequeñas comunidades" o "comunidades
de base", ya que en la Iglesia de hoy se las menciona con frecuencia. ¿Qué
son y por qué deben ser destinatarias especiales de la evangelización y al
mismo tiempo evangelizadoras?
Florecen un poco por todas partes en la Iglesia, según los distintos
testimonios escuchados durante el Sínodo, y se diferencian bastante entre
sí aun dentro de una misma región, y mucho más de una región a otra.
En ciertas regiones surgen y se desarrollan, salvo alguna excepción, en
el interior de la Iglesia, permaneciendo solidarias con su vida,
alimentadas con sus enseñanzas, unidas a sus Pastores. En estos casos,
nacen de la necesidad de vivir todavía con más intensidad la vida de la
Iglesia; o del deseo y de la búsqueda de una dimensión más humana que
difícilmente pueden ofrecer las comunidades eclesiales más grandes, sobre
todo en las metrópolis urbanas contemporáneas que favorecen a la vez la
vida de masa y el anonimato. Pero igualmente pueden prolongar a nivel
espiritual y religioso —culto, cultivo de una fe más profunda, caridad
fraterna, oración, comunión con los Pastores— la pequeña comunidad
sociológica, el pueblo, etc. O también quieren reunir para escuchar y
meditar la Palabra, para los sacramentos y el vínculo del Ágape, grupos
homogéneos por la edad, la cultura, el estado civil o la situación social,
como parejas, jóvenes, profesionales, etc., personas éstas que la vida
misma encuentra ya unidas en la lucha por la justicia, la ayuda fraterna a
los pobres, la promoción humana, etc. O, en fin, reúnen a los cristianos
donde la penuria de sacerdotes no favorece la vida normal de una comunidad
parroquial. Todo esto, por supuesto, al interior de las comunidades
constituidas por la Iglesia, sobre todo de las Iglesias particulares y de
las parroquias.
En otras regiones, por el contrario, las comunidades de base se reúnen
con un espíritu de crítica amarga hacia la Iglesia, que estigmatizan como
"institucional" y a la que se oponen como comunidades carismáticas, libres
de estructuras, inspiradas únicamente en el Evangelio. Tienen pues como
característica una evidente actitud de censura y de rechazo hacia las
manifestaciones de la Iglesia: su jerarquía, sus signos. Contestan
radicalmente esta Iglesia. En esta línea, su inspiración principal se
convierte rápidamente en ideológica y no es raro que sean muy pronto presa
de una opción política, de una corriente, y más tarde de un sistema, o de
un partido, con el riesgo de ser instrumentalizadas.
La diferencia es ya notable: las comunidades que por su espíritu de
contestación se separan de la Iglesia, cuya unidad perjudican, pueden
llamarse "comunidades de base", pero ésta es una denominación
estrictamente sociológica. No pueden, sin abusar del lenguaje, llamarse
comunidades eclesiales de base, aunque tengan la pretensión de perseverar
en la unidad de la Iglesia, manteniéndose hostiles a la jerarquía. Este
nombre pertenece a las otras, a las que se forman en Iglesia para unirse a
la Iglesia y para hacer crecer a la Iglesia.
Estas últimas comunidades serán un lugar de evangelización, en
beneficio de las comunidades más vastas, especialmente de las Iglesias
particulares, y serán una esperanza para la Iglesia universal, como Nos
mismo dijimos al final del Sínodo, en la medida en que:
— buscan su alimento en la palabra de Dios y no se dejan aprisionar por
la polarización política o por las ideologías de moda, prontas a explotar
su inmenso potencial humano;
— evitan la tentación siempre amenazadora de la contestación
sistemática y del espíritu hipercrítico, bajo pretexto de autenticidad y
de espíritu de colaboración;
— permanecen firmemente unidas a la Iglesia local en la que ellas se
insieren, y a la Iglesia universal, evitando así el peligro muy real de
aislarse en sí mismas, de creerse, después, la única auténtica Iglesia de
Cristo y, finalmente, de anatemizar a las otras comunidades eclesiales;
— guardan una sincera comunión con los Pastores que el Señor ha dado a
su Iglesia y al Magisterio que el Espíritu de Cristo les ha confiado;
— no se creen jamás el único destinatario o el único agente de
evangelización, esto es, el único depositario del Evangelio, sino que,
conscientes de que la Iglesia es mucho más vasta y diversificada, aceptan
que la Iglesia se encarna en formas que no son las de ellas;
— crecen cada día en responsabilidad, celo, compromiso e irradiación
misioneros;
— se muestran universalistas y no sectarias.
Con estas condiciones, ciertamente exigentes pero también exaltantes,
las comunidades eclesiales de base corresponderán a su vocación más
fundamental: escuchando el Evangelio que les es anunciado, y siendo
destinatarias privilegiadas de la evangelización, ellas mismas se
convertirán rápidamente en anunciadoras del Evangelio.
VI. AGENTES DE LA EVANGELIZACIÓN
La Iglesia entera es misionera
59. Si hay hombres que proclaman en el mundo el Evangelio de salvación,
lo hacen por mandato, en nombre y con la gracia de Cristo Salvador. "¿Cómo
predicarán si no son enviados?" (81), escribía el que fue sin duda uno de
los más grandes evangelizadores. Nadie puede hacerlo, sin haber sido
enviado.
¿Quién tiene, pues, la misión de evangelizar?
El Concilio Vaticano II ha dado una respuesta clara: "Incumbe
a la Iglesia por mandato divino ir por todo el mundo y anunciar el
Evangelio a toda creatura" (82). Y en otro texto afirma: "La Iglesia
entera es misionera, la obra de evangelización es un deber fundamental del
pueblo de Dios" (83).
Hemos recordado anteriormente esta vinculación íntima entre la Iglesia
y la evangelización. Cuando la Iglesia anuncia el reino de Dios y lo
construye, ella se implanta en el corazón del mundo como signo e
instrumento de ese reino que está ya presente y que viene. El Concilio ha
recogido, porque son muy significativas, estas palabras de San Agustín
sobre la acción misionera de los Doce: "predicando la palabra de verdad,
engendraron las Iglesias" (84).
Un acto eclesial
60. La constatación de que la Iglesia es enviada y tiene el mandato de
evangelizar a todo el mundo, debería despertar en nosotros una doble
convicción.
Primera: evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado,
sino profundamente eclesial. Cuando el más humilde predicador, catequista
o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña
comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce
un acto de Iglesia y su gesto se enlaza mediante relaciones
institucionales ciertamente, pero también mediante vínculos invisibles y
raíces escondidas del orden de la gracia, a la actividad evangelizadora de
toda la Iglesia. Esto supone que lo haga, no por una misión que él se
atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la
Iglesia y en su nombre.
De ahí, la segunda convicción: si cada cual evangeliza en nombre de la
Iglesia, que a su vez lo hace en virtud de un mandato del Señor, ningún
evangelizador es el dueño absoluto de su acción evangelizadora, con un
poder discrecional para cumplirla según los criterios y perspectivas
individualistas, sino en comunión con la Iglesia y sus Pastores.
La Iglesia es toda ella evangelizadora, como hemos subrayado. Esto
significa que para el conjunto del mundo y para cada parte del mismo donde
ella se encuentra, la Iglesia se siente responsable de la tarea de
difundir el Evangelio.
La perspectiva de la Iglesia universal
61. Llegados a este punto de nuestra reflexión nos detenemos con
vosotros, hermanos e hijos, sobre una cuestión particularmente importante
en nuestros días.
En su celebración litúrgica, en su testimonio ante los jueces y los
verdugos, en sus textos apologéticos, los primeros cristianos manifestaban
gustosamente su fe profunda en la Iglesia, indicándola como extendida por
todo el universo. Tenían plena conciencia de pertenecer a una gran
comunidad que ni el espacio ni el tiempo podían limitar: "Desde el justo
Abel hasta el último elegido" (85), "hasta los extremos de la tierra"
(86), "hasta la consumación del mundo" (87).
Así ha querido el Señor a su Iglesia: universal, árbol grande cuyas
ramas dan cobijo a las aves del cielo (88), red que recoge toda clase de
peces (89) o que Pedro saca cargada de 153 grandes peces (90), rebaño que
un solo pastor conduce a los pastos (91). Iglesia universal sin límites ni
fronteras, salvo, por desgracia, las del corazón y del espíritu del hombre
pecador.
La perspectiva de la Iglesia particular
62. Sin embargo, esta Iglesia universal se encarna de hecho en las
Iglesias particulares, constituidas de tal o cual porción de humanidad
concreta, que hablan tal lengua, son tributarias de una herencia cultural,
de una visión del mundo, de un pasado histórico, de un substrato humano
determinado. La apertura a las riquezas de la Iglesia particular responde
a una sensibilidad especial del hombre contemporáneo.
Guardémonos bien de concebir la Iglesia universal como la suma o, si se
puede decir, la federación más o menos anómala de Iglesias particulares
esencialmente diversas. En el pensamiento del Señor es la Iglesia,
universal por vocación y por misión, la que, echando sus raíces en la
variedad de terrenos culturales, sociales, humanos, toma en cada parte del
mundo aspectos, expresiones externas diversas.
Por lo mismo, una Iglesia particular que se desgajara voluntariamente
de la Iglesia universal perdería su referencia al designio de Dios y se
empobrecería en su dimensión eclesial. Pero, por otra parte, la Iglesia "difundida
por todo el orbe" se convertiría en una abstracción, si no tomase cuerpo y
vida precisamente a través de las Iglesias particulares. Sólo una atención
permanente a los dos polos de la Iglesia nos permitirá percibir la riqueza
de esta relación entre la Iglesia universal e Iglesias particulares.
Adaptación y fidelidad de lenguaje
63. Las Iglesias particulares profundamente amalgamadas, no sólo con
las personas, sino también con las aspiraciones, las riquezas y límites,
las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo que
distinguen a tal o cual conjunto humano, tienen la función de asimilar lo
esencial del mensaje evangélico, de trasvasarlo, sin la menor traición a
su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden, y, después de
anunciarlo en ese mismo lenguaje.
Dicho trasvase hay que hacerlo con el discernimiento, la seriedad, el
respeto y la competencia que exige la materia, en el campo de las
expresiones litúrgicas (92), de las catequesis, de la formulación
teológica, de las estructuras eclesiales secundarias, de los ministerios.
El lenguaje debe entenderse aquí no tanto a nivel semántico o literario
cuanto al que podría llamarse antropológico y cultural.
El problema es sin duda delicado. La evangelización pierde mucho de su
fuerza y de su eficacia, si no toma en consideración al pueblo concreto al
que se dirige, si no utiliza su "lengua", sus signos y símbolos, si no
responde a las cuestiones que plantea, no llega a su vida concreta. Pero,
por otra parte, la evangelización corre el riesgo de perder su alma y
desvanecerse, si se vacía o desvirtúa su contenido, bajo pretexto de
traducirlo; si queriendo adaptar una realidad universal a un espacio
local, se sacrifica esta realidad y se destruye la unidad sin la cual no
hay universalidad. Ahora bien, solamente una Iglesia que mantenga la
conciencia de su universalidad y demuestre que es de hecho universal puede
tener un mensaje capaz de ser entendido por encima de los límites
regionales, en el mundo entero.
Una legítima atención a las Iglesias particulares no puede menos de
enriquecer a la Iglesia. Es indispensable y urgente. Responde a las
aspiraciones más profundas de los pueblos y de las comunidades humanas de
hallar cada vez más su propia fisonomía.
Apertura de la Iglesia universal
64. Pero este enriquecimiento exige que las Iglesias locales mantengan
esa clara apertura a la Iglesia universal. Hay que notar bien, por lo
demás, que los cristianos más sencillos, más evangélicos, más abiertos al
verdadero sentido de la Iglesia, tienen una sensibilidad espontánea con
respecto a esta dimensión universal; sienten instintiva y profundamente su
necesidad; se reconocen fácilmente en ella, vibran con ella y sufren en lo
más hondo de sí mismos cuando, en nombre de teorías que ellos no
comprenden, se les quiere imponer una iglesia desprovista de esta
universalidad, iglesia regionalista, sin horizontes.
Por otra parte, como demuestra la historia, cada vez que tal o cual
Iglesia particular, a veces con las mejores intenciones, con argumentos
teológicos, sociológicos, políticos o pastorales, o también con el deseo
de una cierta libertad de movimiento o de acción, se ha desgajado de la
Iglesia universal y de su centro viviente y visible, muy difícilmente ha
escapado —si es que lo ha logrado— a dos peligros igualmente graves:
peligro, por una parte, de aislamiento esterilizador y también, a corto
plazo, de desmoronamiento, separándose de ella las células, igual que ella
se ha separado del núcleo central; y, por otra parte, peligro de perder su
libertad cuando, desgajada del centro y de las otras Iglesias que le
comunicaban fuerza y energía, se encuentra abandonada, quedando sola
frente a las fuerzas más diversas de servilismo y explotación.
Cuanto más ligada está una Iglesia particular por vínculos sólidos a la
Iglesia universal —en la caridad y la lealtad, en la apertura al
Magisterio de Pedro, en la unidad de la Lex orandi, que es también
Lex credendi, en el deseo de unidad con todas las demás Iglesias
que componen la universalidad—, tanto más esta Iglesia será capaz de
traducir el tesoro de la fe en la legítima variedad de expresiones de la
profesión de fe, de la oración y del culto, de la vida y del
comportamiento cristianos, del esplendor del pueblo en que ella se inserta.
Tanto más será también evangelizadora de verdad, es decir, capaz de beber
en el patrimonio universal para lograr que el pueblo se aproveche de él,
así como de comunicar a la Iglesia universal la experiencia y la vida de
su pueblo, en beneficio de todos.
El inalterable depósito de la fe
65. Precisamente en este sentido quisimos pronunciar, en la clausura
del Sínodo, una palabra clara y llena de paterno afecto, insistiendo sobre
la función del Sucesor de Pedro como principio visible, viviente y
dinámico de la unidad entre las Iglesias y, consiguientemente, de la
universalidad de la única Iglesia (93). Insistíamos también sobre la grave
responsabilidad que nos incumbe, que compartimos con nuestros hermanos en
el Episcopado, de guardar inalterable el contenido de la fe católica que
el Señor confió a los Apóstoles: traducido en todos los lenguajes,
revestido de símbolos propios en cada pueblo, explicitado por expresiones
teológicas que tienen en cuenta medios culturales, sociales y también
raciales diversos, debe seguir siendo el contenido de la fe católica tal
cual el Magisterio eclesial lo ha recibido y lo transmite.
Tareas diferenciadas
66. Toda la Iglesia está pues llamada a evangelizar y, sin embargo, en
su seno tenemos que realizar diferentes tareas evangelizadoras. Esta
diversidad de servicios en la unidad de la misma misión constituye la
riqueza y la belleza de la evangelización. Recordemos estas tareas en
pocas palabras.
En primer lugar, séanos permitido señalar en las páginas del Evangelio
la insistencia con la que el Señor confía a los Apóstoles la función de
anunciar la Palabra. El los ha escogido (94), formado durante varios años
de intimidad (95), constituido (96) y mandado (97) como testigos y
maestros autorizados del mensaje de salvación. Y los Doce han enviado a su
vez a sus sucesores que, en la línea apostólica, continúan predicando la
Buena Nueva.
El Sucesor de Pedro
67. El Sucesor de Pedro, por voluntad de Cristo, está encargado del
ministerio preeminente de enseñar la verdad revelada. El Nuevo Testamento
presenta frecuentemente a Pedro "lleno del Espíritu Santo", tomando la
palabra en nombre de todos (98). Por eso mismo San León Magno habla de él
como de aquel que ha merecido el primado del apostolado (99). Por la misma
razón la voz de la Iglesia presenta al Papa "en el culmen —in apice, in
specula—, del apostolado" (100). El Concilio Vaticano II ha querido
subrayarlo, declarando que "el mandato de Cristo de predicar el Evangelio
a toda criatura (cf. Mc 16, 15) se refiere ante todo e
inmediatamente a los obispos con Pedro y bajo la guía de Pedro" (101).
La potestad plena, suprema y universal (102) que Cristo ha confiado a
su Vicario para el gobierno pastoral de su Iglesia, consiste por tanto
especialmente en la actividad, que ejerce el Papa, de predicar y de hacer
predicar la Buena Nueva de la salvación.
Obispos y Sacerdotes
68. Unidos al Sucesor de Pedro, los obispos, sucesores de los Apóstoles,
reciben en virtud de su ordenación episcopal, la autoridad para enseñar en
la Iglesia la verdad revelada. Son los maestros de la fe.
A los obispos están asociados en el ministerio de la evangelización,
como responsables a título especial, los que por la ordenación sacerdotal
obran en nombre de Cristo (103), en cuanto educadores del pueblo de Dios
en la fe, predicadores, siendo además ministros de la Eucaristía y de los
otros sacramentos.
Todos nosotros, los Pastores, estamos pues invitados a tomar conciencia
de este deber, más que cualquier otro miembro de la Iglesia. Lo que
constituye la singularidad de nuestro servicio sacerdotal, lo que da
unidad profunda a la infinidad de tareas que nos solicitan a lo largo de
la jornada y de la vida, lo que confiere a nuestras actividades una nota
específica, es precisamente esta finalidad presente en toda acción nuestra:
"anunciar el Evangelio de Dios" (104).
He ahí un rasgo de nuestra identidad, que ninguna duda debiera atacar,
ni ninguna objeción eclipsar: en cuanto Pastores, hemos sido escogidos por
la misericordia del Supremo Pastor (105), a pesar de nuestra insuficiencia,
para proclamar con autoridad la Palabra de Dios; para reunir al pueblo de
Dios que estaba disperso: para alimentar a este pueblo con los signos de
la acción de Cristo que son los sacramentos; para ponerlo en el camino de
la salvación; para mantenerlo en esa unidad de la que nosotros somos, a
diferentes niveles, instrumentos activos y vivos; para animar sin cesar a
esta comunidad reunida en torno a Cristo siguiendo la línea de su vocación
más íntima. Y cuando, en la medida de nuestros límites humanos y
secundando la gracia de Dios, cumplimos todo esto, realizamos una labor de
evangelización: Nos, como Pastor de la Iglesia universal; nuestros
hermanos los obispos, a la cabeza de las Iglesias locales; los sacerdotes
y diáconos, unidos a sus obispos, de los que son colaboradores, por una
comunión que tiene su fuente en el sacramento del orden y en la caridad de
la Iglesia.
Los religiosos
69. Los religiosos, también ellos, tienen en su vida consagrada un
medio privilegiado de evangelización eficaz. A través de su ser más íntimo,
se sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de
Dios, llamada a la santidad. Es de esta santidad de la que ellos dan
testimonio. Ellos encarnan la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo
de las bienaventuranzas. Ellos son por su vida signo de total
disponibilidad para con Dios, la Iglesia, los hermanos.
Por esto, asumen una importancia especial en el marco del testimonio
que, como hemos dicho anteriormente, es primordial en la evangelización.
Este testimonio silencioso de pobreza y de desprendimiento, de pureza y de
transparencia, de abandono en la obediencia puede ser a la vez que una
interpelación al mundo y a la Iglesia misma, una predicación elocuente,
capaz de tocar incluso a los no cristianos de buena voluntad, sensibles a
ciertos valores.
En esta perspectiva se intuye el papel desempeñado en la evangelización
por los religiosos y religiosas consagrados a la oración, al silencio, a
la penitencia, al sacrificio. Otros religiosos, en gran número, se dedican
directamente al anuncio de Cristo. Su actividad misionera depende
evidentemente de la jerarquía y debe coordinarse con la pastoral que ésta
desea poner en práctica. Pero, ¿quién no mide el gran alcance de lo que
ellos han aportado y siguen aportando a la evangelización? Gracias a su
consagración religiosa, ellos son, por excelencia, voluntarios y libres
para abandonar todo y lanzarse a anunciar el Evangelio hasta los confines
de la tierra. Ellos son emprendedores y su apostolado está frecuentemente
marcado por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración.
Son generosos: se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la
misión y afrontando los más grandes riesgos para su santidad y su propia
vida. Sí, en verdad, la Iglesia les debe muchísimo.
Los seglares
70. Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del
mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por
lo mismo una forma singular de evangelización.
Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la
comunidad eclesial —esa es la función específica de los Pastores—, sino el
poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas
escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo.
El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y
complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la
cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los
medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la
evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y
jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc. Cuantos más seglares
hayan impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y
claramente comprometidos en ellas, competentes para promoverlas y
conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad cristianas,
tantas veces oculta y asfixiada, tanto más estas realidades —sin perder o
sacrificar nada de su coeficiente humano, al contrario, manifestando una
dimensión trascendente frecuentemente desconocida— estarán al servicio de
la edificación del reino de Dios y, por consiguiente, de la salvación en
Cristo Jesús.
La familia
71. En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es
imposible dejar de subrayar la acción evangelizadora de la familia. Ella
ha merecido muy bien, en los diferentes momentos de la historia y en el
Concilio Vaticano II, el hermoso nombre de "Iglesia doméstica" (106). Esto
significa que en cada familia cristiana deberían reflejarse los diversos
aspectos de la Iglesia entera. Por otra parte, la familia, al igual que la
Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde
donde éste se irradia.
Dentro, pues, de una familia consciente de esta misión, todos los
miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo
comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de
ellos este mismo Evangelio profundamente vivido. También las familias
formadas por un matrimonio mixto tienen el deber de anunciar a Cristo a
los hijos en la plenitud de las implicaciones del bautismo común; tienen
además la no fácil tarea de hacerse artífices de unidad.
Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del
ambiente en que ella vive.
Los jóvenes
72. Las circunstancias nos invitan a prestar una atención especialísima
a los jóvenes. Su importancia numérica y su presencia creciente en la
sociedad, los problemas que se les plantean deben despertar en nosotros el
deseo de ofrecerles con celo e inteligencia el ideal que deben conocer y
vivir. Pero, además, es necesario que los jóvenes bien formados en la fe y
arraigados en la oración, se conviertan cada vez más en los apóstoles de
la juventud. La Iglesia espera mucho de ellos. Por nuestra parte, hemos
manifestado con frecuencia la confianza que depositamos en la juventud.
Ministerios diversificados
73. Es así como adquiere toda su importancia la presencia activa de los
seglares en medio de las realidades temporales. No hay que pasar pues por
alto u olvidar otra dimensión: los seglares también pueden sentirse
llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la
comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo
ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor
quiera concederles.
No sin experimentar íntimamente un gran gozo, vemos cómo una legión de
Pastores, religiosos y seglares, enamorados de su misión evangelizadora,
buscan formas cada vez más adaptadas de anunciar eficazmente el Evangelio,
y alentamos la apertura que, en esta línea y con este afán, la Iglesia
está llevando a cabo hoy día. Apertura a la reflexión en primer lugar,
luego a los ministerios eclesiales capaces de rejuvenecer y de reforzar su
propio dinamismo evangelizador.
Es cierto que al lado de los ministerios con orden sagrado, en virtud
de los cuales algunos son elevados al rango de Pastores y se consagran de
modo particular al servicio de la comunidad, la Iglesia reconoce un puesto
a ministerios sin orden sagrado, pero que son aptos a asegurar un servicio
especial a la Iglesia.
Una mirada sobre los orígenes de la Iglesia es muy esclarecedora y
aporta el beneficio de una experiencia en materia de ministerios,
experiencia tanto más valiosa en cuanto que ha permitido a la Iglesia
consolidarse, crecer y extenderse. No obstante, esta atención a las
fuentes debe ser completada con otra: la atención a las necesidades
actuales de la humanidad y de la Iglesia. Beber en estas fuentes siempre
inspiradoras, no sacrificar nada de estos valores y saber adaptarse a las
exigencias y a las necesidades actuales, tales son los ejes que permitirán
buscar con sabiduría y poner en claro los ministerios que necesita la
Iglesia y que muchos de sus miembros querrán abrazar para la mayor
vitalidad de la comunidad eclesial. Estos ministerios adquirirán un
verdadero valor pastoral y serán constructivos en la medida en que se
realicen con respecto absoluto de la unidad, beneficiándose de la
orientación de los Pastores, que son precisamente los responsables y
artífices de la unidad de la Iglesia.
Tales ministerios, nuevos en apariencia pero muy vinculados a
experiencias vividas por la Iglesia a lo largo de su existencia —catequistas,
animadores de la oración y del canto, cristianos consagrados al servicio
de la palabra de Dios o a la asistencia de los hermanos necesitados, jefes
de pequeñas comunidades, responsables de Movimientos apostólicos u otros
responsables—, son preciosos para la implantación, la vida y el
crecimiento de la Iglesia y para su capacidad de irradiarse en torno a
ella y hacia los que están lejos. Nos debemos asimismo nuestra estima
particular a todos los seglares que aceptan consagrar una parte de su
tiempo, de sus energías y, a veces, de su vida entera, al servicio de las
misiones.
Para los agentes de la evangelización se hace necesaria una seria
preparación. Tanto más para quienes se consagran al ministerio de la
Palabra. Animados por la convicción, cada vez mayor, de la grandeza y
riqueza de la palabra de Dios, quienes tienen la misión de transmitirla
deben prestar gran atención a la dignidad, a la precisión y a la
adaptación del lenguaje. Todo el mundo sabe que el arte de hablar reviste
hoy día una grandísima importancia. ¿Cómo podrían descuidarla los
predicadores y los catequistas?
Deseamos vivamente, que en cada Iglesia particular, los obispos vigilen
por la adecuada formación de todos los ministros de la Palabra. Esta
preparación llevada a cabo con seriedad aumentará en ellos la seguridad
indispensable y también el entusiasmo para anunciar hoy día a Cristo.
VII. EL ESPÍRITU DE LA EVANGELIZACIÓN
Exhortación apremiante
74. No quisiéramos poner fin a este coloquio con nuestros hermanos e
hijos amadísimos, sin hacer una llamada referente a las actitudes
interiores que deben animar a los obreros de la evangelización.
En nombre de nuestro Señor Jesucristo, de los Apóstoles Pedro y Pablo,
exhortamos a todos aquellos que, gracias a los carismas del Espíritu y al
mandato de la Iglesia, son verdaderos evangelizadores, a ser dignos de
esta vocación, a ejercerla sin resistencias debidas a la duda o al temor,
a no descuidar las condiciones que harán esta evangelización no sólo
posible, sino también activa y fructuosa. He aquí, entre otras las
condiciones fundamentales que queremos subrayar.
Bajo el aliento del Espíritu
75. No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu
Santo. Sobre Jesús de Nazaret el Espíritu descendió en el momento del
bautismo, cuando la voz del Padre —"Tú eres mi hijo muy amado, en ti pongo
mi complacencia"— (107) manifiesta de manera sensible su elección y misión.
Es "conducido por el Espíritu" para vivir en el desierto el combate
decisivo y la prueba suprema antes de dar comienzo a esta misión (108).
"Con la fuerza del Espíritu" (109) vuelve a Galilea e inaugura en Nazaret
su predicación, aplicándose a sí mismo el pasaje de Isaías: "El Espíritu
del Señor está sobre mí". "Hoy —proclama El— se cumple esta Escritura"
(110). A los Discípulos, a quienes está para enviar, les dice alentando
sobre ellos: "Recibid el Espíritu Santo" (111).
En efecto, solamente después de la venida del Espíritu Santo, el día de
Pentecostés, los Apóstoles salen hacia todas las partes del mundo para
comenzar la gran obra de evangelización de la Iglesia, y Pedro explica el
acontecimiento como la realización de la profecía de Joel: "Yo derramaré
mi Espíritu" (112). Pedro, lleno del Espíritu Santo habla al pueblo acerca
de Jesús Hijo de Dios (113). Pablo mismo está lleno del Espíritu Santo
(114) ante de entregarse a su ministerio apostólico, como lo está también
Esteban cuando es elegido diácono y más adelante, cuando da testimonio con
su sangre (115). El Espíritu que hace hablar a Pedro, a Pablo y a los Doce,
inspirando las palabras que ellos deben pronunciar, desciende también "sobre
los que escuchan la Palabra" (116).
"Gracias al apoyo del Espíritu Santo, la Iglesia crece" (117). El es el
alma de esta Iglesia. El es quien explica a los fieles el sentido profundo
de las enseñanzas de Jesús y su misterio. El es quien, hoy igual que en
los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja
poseer y conducir por El, y pone en los labios las palabras que por sí
solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para
hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado.
Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más
perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La
preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada
sin El. Sin El, la dialéctica más convincente es impotente sobre el
espíritu de los hombres. Sin El, los esquemas más elaborados sobre bases
sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor.
Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu.
Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la
Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asamblea
en torno a El. Quiere dejarse conducir por El.
Ahora bien, si el Espíritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida
de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora. No es
una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la
mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu.
Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la
evangelización: El es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y
quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra
de salvación (118). Pero se puede decir igualmente que El es el término de
la evangelización: solamente El suscita la nueva creación, la humanidad
nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la
variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad
cristiana. A través de El, la evangelización penetra en los corazones, ya
que El es quien hace discernir los signos de los tiempos —signos de Dios—
que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia.
El Sínodo de los Obispos de 1974, insistiendo mucho sobre el puesto que
ocupa el Espíritu Santo en la evangelización, expresó asimismo el deseo de
que Pastores y teólogos —y añadiríamos también los fieles marcados con el
sello del Espíritu en el bautismo— estudien profundamente la naturaleza y
la forma de la acción del Espíritu Santo en la evangelización de hoy día.
Este es también nuestro deseo, al mismo tiempo que exhortamos a todos y
cada uno de los evangelizadores a invocar constantemente con fe y fervor
al Espíritu Santo y a dejarse guiar prudentemente por El como inspirador
decisivo de sus programas, de sus iniciativas, de su actividad
evangelizadora.
Testigos auténticos
76. Consideramos ahora la persona misma de los evangelizadores. Se ha
repetido frecuentemente en nuestros días que este siglo siente sed de
autenticidad. Sobre todo con relación a los jóvenes, se afirma que éstos
sufren horrores ante lo ficticio, ante la falsedad, y que además son
decididamente partidarios de la verdad y la transparencia.
A estos "signos de los tiempos" debería corresponder en nosotros una
actitud vigilante. Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza,
se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que
creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís? Hoy más que nunca el
testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a
una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir
que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que
proclamamos.
Al comienzo de esta reflexión, nos hemos preguntado: ¿Qué es de la
Iglesia, diez años después del Concilio? ¿Está anclada en el corazón del
mundo y es suficientemente libre e independiente para interpelar al mundo?
¿Da testimonio de la propia solidaridad hacia los hombres y al mismo
tiempo del Dios Absoluto? ¿Ha ganado en ardor contemplativo y de adoración,
y pone más celo en la actividad misionera, caritativa, liberadora? ¿Es
suficiente su empeño en el esfuerzo de buscar el restablecimiento de la
plena unidad entre los cristianos, lo cual hace más eficaz el testimonio
común, con el fin de que el mundo crea? (119). Todos nosotros somos
responsables de las respuestas que pueden darse a estos interrogantes.
Exhortamos, pues, a nuestros hermanos en el Episcopado, puestos por el
Espíritu Santo para gobernar la Iglesia de Dios (120). Exhortamos a los
sacerdotes y a los diáconos, colaboradores de los obispos para congregar
el pueblo de Dios y animar espiritualmente las comunidades locales.
Exhortamos también a los religiosos y religiosas, testigos de una Iglesia
llamada a la santidad y, por tanto, invitados de manera especial a una
vida que dé testimonio de las bienaventuranzas evangélicas. Exhortamos
asimismo a los seglares: familias cristianas, jóvenes y adultos, a todos
los que tienen un cargo, a los dirigentes, sin olvidar a los pobres tantas
veces ricos de fe y de esperanza, a todos los seglares conscientes de su
papel evangelizador al servicio de la Iglesia o en el corazón de la
sociedad y del mundo. Nos les decimos a todos: es necesario que nuestro
celo evangelizador brote de una verdadera santidad de vida y que, como nos
lo sugiere el Concilio Vaticano II, la predicación alimentada con la
oración y sobre todo con el amor a la Eucaristía, redunde en mayor
santidad del predicador (121).
Paradójicamente, el mundo, que a pesar de los innumerables signos de
rechazo de Dios lo busca sin embargo por caminos insospechados y siente
dolorosamente su necesidad, el mundo exige a los evangelizadores que le
hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente,
como si estuvieran viendo al Invisible (122). El mundo exige y espera de
nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos,
especialmente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad,
desapego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra
palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este
tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda.
Búsqueda de la unidad
77. La fuerza de la evangelización quedará muy debilitada si los que
anuncian el Evangelio están divididos entre sí por tantas clases de
rupturas. ¿No estará quizás ahí uno de los grandes males de la
evangelización? En efecto, si el Evangelio que proclamamos aparece
desgarrado por querellas doctrinales, por polarizaciones ideológicas o por
condenas recíprocas entre cristianos, al antojo de sus diferentes teorías
sobre Cristo y sobre la Iglesia, e incluso a causa de sus distintas
concepciones de la sociedad y de las instituciones humanas, ¿cómo
pretender que aquellos a los que se dirige nuestra predicación no se
muestren perturbados, desorientados, si no escandalizados?
El testamento espiritual del Señor nos dice que la unidad entre sus
seguidores no es solamente la prueba de que somos suyos, sino también la
prueba de que El es el enviado del Padre, prueba de credibilidad de los
cristianos y del mismo Cristo. Evangelizadores: nosotros debemos ofrecer a
los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por
las luchas que no sirven para construir nada, sino la de hombres adultos
en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias
a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte
de la evangelización está ciertamente vinculada al testimonio de unidad
dado por la Iglesia. He aquí una fuente de responsabilidad, pero también
de consuelo.
Dicho esto, queremos subrayar el signo de la unidad entre todos los
cristianos, como camino e instrumento de evangelización. La división de
los cristianos constituye una situación de hecho grave, que viene a
cercenar la obra misma de Cristo. El Concilio Vaticano II dice clara y
firmemente que esta división "perjudica la causa santísima de la
predicación del Evangelio a toda criatura y cierra a muchos las puertas de
la fe" (123).
Por eso, al anunciar el Año Santo creímos necesario recordar a todos
los fieles del mundo católico que "la reconciliación de todos los hombres
con Dios, nuestro Padre, depende del restablecimiento de la comunión de
aquellos que ya han reconocido y aceptado en la fe a Jesucristo como Señor
de la misericordia, que libera a los hombres y los une en el espíritu de
amor y de verdad" (124).
Con una gran sensación de esperanza vemos los esfuerzos que se realizan
en el mundo cristiano en orden al restablecimiento de la plena unidad,
deseada por Cristo. San Pablo nos lo asegura: "la esperanza no quedará
confundida" (125). Mientras seguimos trabajando para obtener del Señor la
plena unidad, queremos que se intensifique la oración; además, hacemos
nuestros los deseos de los padres del III Sínodo de los Obispos, qu