Contents
▪
Introduction
▪
Botschaft
▪
Messaggio
▪
Message
▪
Mensaje
▪
Mensagem
▪
Message
|
|
MENSAJE DE JUAN PABLO II
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ 2005
NO TE DEJES VENCER POR EL MAL
ANTES BIEN, VENCE AL MAL CON EL BIEN
1. Al comienzo del nuevo año, dirijo una vez más la palabra a los
responsables de las Naciones y a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad, sabedores de lo necesario que es construir la paz en el mundo.
He elegido como tema para la Jornada Mundial de la Paz 2005 la exhortación
de san Pablo en la Carta a los Romanos: « No te dejes vencer por el mal;
antes bien, vence al mal con el bien » (12,21). No se supera el mal con el
mal. En efecto, quien obra así, en vez de vencer al mal, se deja vencer
por el mal.
El mal, el bien y el amor
2. El mal tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el nombre de
los hombres y mujeres que libremente lo eligen. La Sagrada Escritura
enseña que en los comienzos de la historia, Adán y Eva se rebelaron contra
Dios y Caín mató a su hermano Abel (cf. Gn 3-4). Fueron las primeras
decisiones equivocadas, a las que siguieron otras innumerables a lo largo
de los siglos. Cada una de ellas conlleva una connotación moral esencial,
que implica responsabilidades concretas para el sujeto que las toma e
incide en las relaciones fundamentales de la persona con Dios, con los
demás y con la creación.
La « gramática » de la ley moral universal
3. Al contemplar la situación actual del mundo no se puede ignorar la
impresionante proliferación de múltiples manifestaciones sociales y
políticas del mal: desde el desorden social a la anarquía y a la guerra,
desde la injusticia a la violencia y a la supresión del otro. Para
orientar el propio camino frente a la opuesta atracción del bien y del
mal, la familia humana necesita urgentemente tener en cuenta el patrimonio
común de valores morales recibidos como don de Dios. Por eso, a cuantos
están decididos a vencer al mal con el bien san Pablo los invita a
fomentar actitudes nobles y desinteresadas de generosidad y de paz (cf. Rm
12,17-21).
4. La común gramática de la ley moral exige un compromiso constante y
responsable para que se respete y promueva la vida de las personas y los
pueblos. A su luz no se puede dejar de reprobar con vigor los males de
carácter social y político que afligen al mundo, sobre todo los provocados
por los brotes de violencia. En este contexto, ¿cómo no pensar en el
querido Continente africano donde persisten conflictos que han provocado y
siguen provocando millones de víctimas? ¿Cómo no recordar la peligrosa
situación de Palestina, la tierra de Jesús, donde no se consigue asegurar,
en la verdad y en la justicia, las vías de la mutua comprensión, truncadas
a causa de un conflicto alimentado cada día de manera preocupante por
atentados y venganzas? Y, ¿qué decir del trágico fenómeno de la violencia
terrorista que parece conducir al mundo entero hacia un futuro de miedo y
angustia? En fin, ¿cómo no constatar con amargura que el drama iraquí se
extiende por desgracia a situaciones de incertidumbre e inseguridad para
todos?
El bien de la paz y el bien común
5. Para promover la paz, venciendo al mal con el bien, hay que tener
muy en cuenta el bien común[1]
y sus consecuencias sociales y políticas. El bien común exige respeto y
promoción de la persona y de sus derechos fundamentales, así como el
respeto y promoción de los derechos de las Naciones en una perspectiva
universal. Como dice el Concilio Vaticano II: « De la interdependencia
cada vez más estrecha y extendida paulatinamente a todo el mundo se sigue
que el bien común [...] se hace hoy cada vez más universal y por ello
implica derechos y deberes que se refieren a todo el género humano. Por lo
tanto, todo grupo debe tener en cuenta las necesidades y aspiraciones
legítimas de los demás grupos; más aún, debe tener en cuenta el bien común
de toda la familia humana ».[2]
El bien de la humanidad entera, incluso el de las futuras generaciones,
exige una verdadera cooperación internacional, con las aportaciones de
cada Nación.[3]
El bien de la paz y el uso de los bienes de la tierra
6. Dado que el bien de la paz está unido estrechamente al desarrollo de
todos los pueblos, es indispensable tener en cuenta las implicaciones
éticas del uso de los bienes de la tierra. El Concilio Vaticano II ha
recordado que « Dios ha destinado la tierra y todo cuanto ella contiene
para uso de todos los hombres y pueblos, de modo que los bienes creados
deben llegar a todos en forma equitativa bajo la guía de la justicia y el
acompañamiento de la caridad ».[4]
La pertenencia a la familia humana otorga a cada persona una especie de
ciudadanía mundial, haciéndola titular de derechos y deberes, dado que los
hombres están unidos por un origen y supremo destino comunes. Basta que un
niño sea concebido para que sea titular de derechos, merezca atención y
cuidados, y que alguien deba proveer a ello. La condena del racismo, la
tutela de las minorías, la asistencia a los prófugos y refugiados, la
movilización de la solidaridad internacional para todos los necesitados,
no son sino aplicaciones coherentes del principio de la ciudadanía mundial.
7. Se garantizará mejor el bien de la paz si la comunidad internacional
se hace cargo, con mayor sentido de responsabilidad, de los comúnmente
llamados bienes públicos. Se trata de aquellos bienes de los que todos los
ciudadanos gozan automáticamente, aun sin haber hecho una opción precisa
por ellos. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el ámbito nacional, con
bienes como el sistema judicial, la defensa y la red de carreteras o
ferrocarriles. En el mundo de hoy, tan afectado por el fenómeno de la
globalización, son cada vez más numerosos los bienes públicos que tienen
un carácter global y, consecuentemente, aumentan también de día en día los
intereses comunes. Baste pensar en la lucha contra la pobreza, la búsqueda
de la paz y la seguridad, la preocupación por los cambios climáticos,
el control de la difusión de las enfermedades. La comunidad internacional
tiene que responder a estos intereses con un red cada vez más amplia de
acuerdos jurídicos que reglamenten el uso de los bienes públicos,
inspirándose en los principios universales de la equidad y la solidaridad.
8. El principio del destino universal de los bienes permite, además,
afrontar adecuadamente el desafío de la pobreza, sobre todo teniendo en
cuenta las condiciones de miseria en que viven aún más de mil millones de
seres humanos. La comunidad internacional se ha puesto como objetivo
prioritario, al principio del nuevo milenio, reducir a la mitad el número
de dichas personas antes de terminar el año 2015. La Iglesia apoya y anima
este compromiso e invita a los creyentes en Cristo a manifestar, de modo
concreto y en todos los ámbitos, un amor preferencial por los pobres.[5]
El drama de la pobreza está en estrecha conexión con el problema de
la deuda externa de los Países pobres. A pesar de los logros
significativos conseguidos hasta ahora, la cuestión no ha encontrado
todavía una solución adecuada. Han pasado quince años desde que llamé la
atención de la opinión pública sobre el hecho de que la deuda externa de
los Países pobres está « conectada con un gran número de otros temas, como
el de las inversiones en el extranjero, el trabajo equitativo de las
principales instituciones internacionales, el precio de las materias
primas, etc. »[6] Las
recientes medidas para reducir las deudas, que han tenido más en cuenta
las exigencias de los pobres, han mejorado sin duda la calidad del
crecimiento económico. No obstante, por una serie de factores, dicho
crecimiento resulta todavía insuficiente cuantitativamente, especialmente
para alcanzar los objetivos propuestos al inicio del milenio. Los Países
pobres se encuentran aún en un círculo vicioso: las rentas bajas y el
crecimiento lento limitan el ahorro y, a su vez, las reducidas inversiones
y el uso ineficaz del ahorro no favorecen el crecimiento.
9. Como afirmó el Papa Pablo VI, y como yo mismo he recordado, el único
remedio verdaderamente eficaz para permitir a los Estados afrontar la
dramática cuestión de la pobreza es dotarles de los recursos necesarios
mediante financiaciones externas —públicas y privadas—, otorgadas en
condiciones accesibles, en el marco de las relaciones comerciales
internacionales, reguladas de manera equitativa.[7]
Es, pues, necesaria una movilización moral y económica, que respete los
acuerdos tomados en favor de los Países pobres, por un lado, y por otro
dispuesta también a revisar dichos acuerdos cuando la experiencia
demuestre que son demasiado gravosos para ciertos países. En esta
perspectiva, es deseable y necesario dar un nuevo impulso a la ayuda
pública para el desarrollo y, no obstante las dificultades que puedan
presentarse, estudiar las propuestas de nuevas formas de financiación para
el desarrollo.[8]
Algunos gobiernos están considerando atentamente medidas esperanzadoras en
este sentido, iniciativas significativas que se han de llevar adelante de
modo multilateral y respetando el principio de subsidiaridad. Es necesario
también controlar que la gestión de los recursos económicos destinados al
desarrollo de los Países pobres siga criterios escrupulosos de buena
administración, tanto por parte de los donantes como de los destinatarios.
La Iglesia alienta estos esfuerzos y ofrece su contribución. Baste citar,
por ejemplo, la valiosa aportación que dan las numerosas agencias
católicas de ayuda y de desarrollo.
10. Al finalizar el Gran Jubileo del año 2000, en la Carta apostólica
Novo millennio ineunte he señalado la urgencia de una nueva imaginación de
la caridad [9] para
difundir en el mundo el Evangelio de la esperanza. Eso se hace evidente
sobre todo cuando se abordan los muchos y delicados problemas que
obstaculizan el desarrollo del Continente africano: piénsese en los
numerosos conflictos armados, en las enfermedades pandémicas, más
peligrosas aún por las condiciones de miseria, en la inestabilidad
política unida a una difusa inseguridad social. Son realidades dramáticas
que reclaman un camino radicalmente nuevo para África: es necesario dar
vida a nuevas formas de solidaridad, bilaterales y multilaterales, con un
mayor compromiso por parte de todos y tomando plena conciencia de que el
bien de los pueblos africanos representa una condición indispensable para
lograr el bien común universal.
Es de desear que los pueblos africanos asuman como protagonistas su
propia suerte y el propio desarrollo cultural, civil, social y económico.
Que África deje de ser sólo objeto de asistencia, para ser sujeto
responsable de un modo de compartir real y productivo. Para alcanzar
tales objetivos es necesaria una nueva cultura política, especialmente en
el ámbito de la cooperación internacional. Quisiera recordar una vez más
que el incumplimiento de las reiteradas promesas relativas a la ayuda
pública para el desarrollo y la cuestión abierta aún de la pesada carga de
la deuda internacional de los Países africanos y la carencia de una
consideración especial con ellos en las relaciones comerciales
internacionales, son graves obstáculos para la paz, y por tanto deben ser
afrontados y superados con urgencia. Para lograr la paz en el mundo es
determinante y decisivo, hoy más que nunca, tomar conciencia de la
interdependencia entre Países ricos y pobres, por lo que « el desarrollo o
se convierte en un hecho común a todas las partes del mundo, o sufre un
proceso de retroceso aún en las zonas marcadas por un constante progreso
».[10]
Universalidad del mal y esperanza cristiana
11. Ante tantos dramas como afligen al mundo, los cristianos confiesan
con humilde confianza que sólo Dios da al hombre y a los pueblos la
posibilidad de superar el mal para alcanzar el bien. Con su muerte y
resurrección, Cristo nos ha redimido y rescatado pagando « un precio muy
alto » (cf. 1 Co 6,20; 7,23), obteniendo la salvación para todos. Por
tanto, con su ayuda todos pueden vencer al mal con el bien.
Con la certeza de que el mal no prevalecerá, el cristiano cultiva una
esperanza indómita que lo ayuda a promover la justicia y la paz. A
pesar de los pecados personales y sociales que condicionan la actuación
humana, la esperanza da siempre nuevo impulso al compromiso por la
justicia y la paz, junto con una firme confianza en la posibilidad de
construir un mundo mejor.
12. En este año dedicado a la Eucaristía, los hijos de la Iglesia han
de encontrar en el Sacramento supremo del amor la fuente de toda comunión:
comunión con Jesús Redentor y, en Él, con todo ser humano. En virtud de la
muerte y resurrección de Cristo, sacramentalmente presentes en cada
Celebración eucarística, somos rescatados del mal y capacitados para hacer
el bien. Gracias a la vida nueva que Él nos ha dado, podemos reconocernos
como hermanos, por encima de cualquier diferencia de lengua, nacionalidad
o cultura. En una palabra, por la participación en el mismo Pan y el mismo
Cáliz, podemos sentirnos « familia de Dios » y al mismo tiempo contribuir
de manera concreta y eficaz a la edificación de un mundo fundado en los
valores de la justicia, la libertad y la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
JUAN PABLO II
Notas
[1] Según una vasta
acepción, por bien común se entiende « el conjunto de aquellas condiciones
de vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros
conseguir más plena y fácilmente su propia perfección »: Conc. Ecum. Vat.
II, Cons. past. Gaudium et spes, 26.
[2] Cons. past.
Gaudium et spes, 26.
[3] Cf. Juan XXIII,
Enc. Mater et magistra: AAS 53 (1961), 421.
[4] Cons. past.
Gaudium et spes, 69.
[5] Cf. Enc.
Sollicitudo rei socialis, 42: AAS 80 (1988), 572.
[6] Discurso a los
participantes en la Semana de Estudios organizada por la Pontificia
Academia de las Ciencias ( 27 octubre 1989), 6: Insegnamenti XII/2 (1989),
1050.
[7]Cf. Pablo VI, Enc.
Populorum progressio, 56-61: AAS 59 (1967), 285- 287; Juan Pablo II, Enc.
Sollicitudo rei socialis, 33-34: AAS 80 (1988) 557-560.
[8]Cf. Mensaje al
Presidente del Consejo Pontificio « Justicia y Paz »: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española (16 julio 2004), p. 3.
[9] Cf. n. 50: AAS 93
(2001), 303.
[10] Enc. Sollicitudo
rei socialis, 17: AAS 80 (1988), 532.
Versión corta del mensaje.
Si quieres ller la versión completa, consulta la página web del Vaticano
bajo:
http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/messages/peace/documents/hf_jp-ii_mes_20041216_xxxviii-world-day-for-peace_sp.html
|